Al decir dueño de sí mismo no me refiero a una postura estirada, formal e impasible, sino el ser dueños de nuestros impulsos. Si hemos de liderar a otros hacia Dios, no podemos permitir que seamos dirigidos hacia el mundo. De acuerdo a Gálatas 5:23, el dominio propio es un fruto del Espíritu. No es simplemente tener fuerza de voluntad; sino apropiarnos del poder de Dios para dominar nuestras emociones y los apetitos que pudiesen llevarnos por mal camino o hacernos desperdiciar nuestro tiempo en esfuerzos infructuosos. Pablo nos dice en 1 Corintios 6:12: “«Todo me está permitido», pero no dejaré que nada me domine”. El líder cristiano debe examinar su vida implacablemente para así saber si se encuentra esclavizado en lo más mínimo por la televisión, el alcohol, el café, los juegos electrónicos, la pornografía o la comida. Pablo enseña en 1 Corintios 9:25-27: “Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en ...
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